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Hay una forma demasiado simple de hablar del trauma: decir que es “algo malo que pasó”. Esa frase puede ser cierta, pero es incompleta. El trauma no es únicamente el evento. El trauma es la huella que ese evento deja en el sistema nervioso, en la memoria, en el cuerpo, en la identidad y en la manera en que una persona aprende a relacionarse con el mundo.

Una experiencia traumática puede haber terminado hace años y, aun así, seguir viva en la forma en que una persona se sobresalta, se bloquea, complace, desconfía, evita, se exige demasiado o siente que debe estar alerta incluso cuando nada malo está ocurriendo. Por eso, cuando hablamos de trauma complejo, no hablamos solo de recuerdos dolorosos. Hablamos de una organización interna construida alrededor de la supervivencia.

El trastorno de estrés postraumático se asocia con síntomas como reexperimentación, evitación de recordatorios traumáticos y una sensación persistente de amenaza después de haber vivido una experiencia extremadamente amenazante o dolorosa. La Organización Mundial de la Salud señala que no todas las personas expuestas a trauma desarrollan PTSD, y que factores como el apoyo social posterior pueden influir en la recuperación. 

Pero el trauma complejo va un paso más profundo. En la CIE-11, el trastorno de estrés postraumático complejo incluye los síntomas centrales del PTSD y, además, alteraciones persistentes en la organización del yo: dificultad para regular emociones, autoconcepto negativo y problemas sostenidos en las relaciones. Es decir, no solo cambia lo que la persona recuerda; cambia cómo se siente consigo misma, cómo interpreta el peligro, cómo se vincula y cuánto permiso interno tiene para sentirse segura. 

Y aquí debemos ser clínicamente honestos: muchas personas no llegan a terapia diciendo “tengo trauma complejo”. Llegan diciendo: “soy demasiado intensa”, “no puedo confiar”, “me bloqueo”, “me cuesta recibir amor”, “odio mi cuerpo”, “me da miedo que me critiquen”, “tengo que hacerlo todo perfecto”, “no sé por qué reacciono así”. Si el profesional no sabe mirar con profundidad, puede confundir supervivencia con personalidad. Ese es uno de los errores más delicados en salud mental: llamar “forma de ser” a lo que, en realidad, fue una adaptación al dolor.

El trauma complejo no siempre se recuerda como una historia ordenada. Muchas veces se expresa como una reacción automática. La persona puede entender racionalmente que está a salvo, pero su cuerpo responde como si no lo estuviera. Puede saber que una crítica no la destruye, pero sentir vergüenza intensa. Puede saber que un vínculo actual no es igual a uno del pasado, pero reaccionar con miedo, defensa o necesidad de control.

Esto se entiende mejor cuando hablamos de memoria. La memoria no es solo el archivo consciente de lo que podemos contar. También existe una memoria implícita: aquella que se aprende por repetición, por experiencia corporal, por asociación emocional y por supervivencia. La Teoría de la Representación Dual del PTSD propone que los recuerdos traumáticos pueden almacenarse de dos maneras: una forma verbal y narrativa, que puede contarse como historia, y una forma situacional, sensorial y emocional, que puede activarse a través de imágenes, sensaciones corporales o estímulos asociados al trauma. 

Dicho de manera humana: el trauma no siempre se recuerda; a veces se revive.

Se revive cuando una voz fuerte activa miedo. Se revive cuando una mirada despierta vergüenza. Se revive cuando un cumplido incomoda porque el cuerpo aprendió que ser visto era peligroso. Se revive cuando alguien dice “no pasa nada”, pero el sistema nervioso responde como si sí pasara. Se revive cuando la persona sabe que está en el presente, pero su cuerpo todavía está obedeciendo al pasado.

Por eso no basta con decirle a alguien: “piensa diferente”. Pensar importa, sí. La terapia cognitivo-conductual, la psicoeducación y la reestructuración cognitiva pueden ser herramientas valiosas. Pero en trauma complejo, el pensamiento muchas veces llega tarde. Primero aparece la activación. Primero se tensa el cuerpo. Primero surge el impulso de huir, congelarse, complacer, controlar o desconectarse. Después, si el sistema logra regularse, aparece la posibilidad de pensar.

Esta precisión es fundamental: el trauma complejo no es falta de voluntad. No es exageración. No es inmadurez. No es drama. Es una forma de funcionamiento aprendida bajo amenaza, muchas veces sostenida por años de miedo, negligencia, humillación, invalidación, abuso, inestabilidad o falta de protección.

Por eso mi postura es clara: hemos usado demasiado la palabra “autoestima” y muy poco la palabra “memoria”. Muchas personas no necesitan solamente “quererse más”. Necesitan comprender por qué su sistema nervioso aprendió a no sentirse seguro siendo ellas mismas. Necesitan entender por qué su cuerpo se volvió un lugar de batalla. Necesitan trabajar con la vergüenza, la evitación, la rumiación, la hipervigilancia, la desregulación emocional y los significados que quedaron atrapados en su historia. Porque a veces el problema no es que la persona “no se ame”. A veces el problema es que su cuerpo aprendió que mostrarse, equivocarse, descansar, confiar o necesitar a alguien podía ser peligroso.

Y esto cambia por completo la mirada terapéutica.

La evitación pudo haber protegido del dolor. El perfeccionismo pudo haber protegido del castigo. La complacencia pudo haber protegido del abandono. La desconexión corporal pudo haber protegido de sentir demasiado. La hipervigilancia pudo haber sido una forma de anticipar peligro en un ambiente impredecible. El problema no es que esas respuestas hayan existido. El problema es que sigan gobernando la vida cuando ya no protegen, sino que encarcelan. Por eso, en trauma complejo, la pregunta clínica no debería ser únicamente: “¿por qué esta persona hace esto?”. La pregunta más profunda es: “¿qué función cumplió este síntoma en su historia?”. Esa pregunta cambia el juicio por comprensión. Cambia la etiqueta por formulación. Cambia la crítica por intervención.

Las guías NICE recomiendan intervenciones psicológicas centradas en trauma, como terapia cognitivo-conductual centrada en trauma y EMDR, para el tratamiento del PTSD. También señalan que la atención debe adaptarse cuando existen necesidades complejas, comorbilidades o dificultades específicas del paciente. Esto no significa aplicar técnicas como recetas. Significa formular bien. Significa evaluar regulación emocional, disociación, riesgo, historia relacional, apoyo social, recursos actuales y capacidad de procesamiento. Significa no ir más rápido que el sistema nervioso de la persona. Pero también significa no quedarse para siempre únicamente calmando síntomas sin trabajar la raíz. La recuperación no consiste en borrar lo vivido. Consiste en que el recuerdo deje de sentirse como una amenaza actual. Consiste en que el cuerpo aprenda, poco a poco, que ya no necesita vivir en modo defensa. Consiste en que la persona pueda mirar su historia sin quedar atrapada en ella.

Sanar trauma complejo no es decir: “eso no me afectó”.
Sanar es poder decir: “eso me afectó, pero ya no tiene que organizar toda mi vida”.

No se trata de romantizar la herida. No se trata de convertir el trauma en identidad. Tampoco se trata de negar la fuerza de quien sobrevivió. Se trata de reconocer que muchas respuestas que hoy parecen desadaptativas alguna vez tuvieron sentido. Fueron intentos del cuerpo por proteger a la persona con los recursos que tenía en ese momento.

Pero sobrevivir no debería ser el destino final de nadie. La persona con trauma complejo no está rota. Está organizada alrededor de lo que tuvo que atravesar. Su sistema nervioso aprendió caminos de defensa, pero también puede aprender caminos de seguridad. Su memoria puede integrar. Su cuerpo puede dejar de estar en guerra. Su identidad puede expandirse más allá de lo que dolió.

La terapia, cuando está bien hecha, no obliga a olvidar. Ayuda a contextualizar. Ayuda a devolverle al pasado su lugar: atrás. Ayuda a que el cuerpo deje de obedecer a una amenaza que ya no está presente. Ayuda a que la persona pueda vivir con más libertad, más presencia y más elección.Porque el trauma complejo convierte la vida en supervivencia automática.

Y sanar, en el fondo, es recuperar la posibilidad de estar presente sin tener que defenderse de todo.

Referencias

American Psychological Association. (s. f.). Treatments for PTSD.

Brewin, C. R., Dalgleish, T., & Joseph, S. (1996). A dual representation theory of posttraumatic stress disorderPsychological Review, 103(4), 670–686.

Brewin, C. R. (2014). Contextualisation in the revised dual representation theory of PTSD. Journal of Behavior Therapy and Experimental Psychiatry, 45(1), 5–11.

Cloitre, M. (2020). ICD-11 complex post-traumatic stress disorder: Simplifying diagnosis in trauma populations. The British Journal of Psychiatry, 216(3), 129–131.

National Institute for Health and Care Excellence. (2018). Post-traumatic stress disorder: NICE guideline NG116.

U.S. Department of Veterans Affairs. (s. f.). Complex PTSD: History and definitions.

World Health Organization. (2024). Post-traumatic stress disorder